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Hasta siempre, “señor Inglesias”

Chanquete ha muerto. ¿Os acordáis de cómo corrió la noticia? “Chanquete ha muerto”, “Chanquete ha muerto”….

Hoy en el cole se oía: “El señor Inglesias ha muerto”, los profesores que tuvimos la suerte de conocerlo (yo como alumno) nos lo decíamos bajito y sobre todo se decía por Whatsapp. ¡Cómo han cambiado las cosas! En los móviles podíamos ver la noticia de su jubilación publicada por el periódico del colegio. En esta noticia se reproducía la carta de despedida que él mismo redactó con esmero. Porque el señor Iglesias -como así le llamábamos- era un hombre de letras, un hombre ilustrado que no poseía títulos académicos -o eso creo- pero que siempre disfrutó con la poesía y la belleza.

En esa carta, llena de una increíble inocencia -pese a la edad de su escritor-, agradece a todos tantos años de felicidad compartida. Durante esos años dice textualmente que “curaba dos heridas al día” y que se sentía “tremendamente orgulloso porque jamás se infectó ninguna”. Ese comentario es el que me ha hecho enloquecer. Enloquecer de ternura por pensar con qué cariño y profesionalidad nos limpiaba las heridas el Señor Inglesias. Función ésta que, estoy seguro, no entraba dentro de sus tareas. Hoy en día le hubieran denunciado por intrusismo o por saltarse el protocolo.

Los que no le conocieron y pudieran estar haciendo algo tan improbable como leer estas líneas, podrían pensar que el Señor Inglesias era tan solo una persona sensible, pero los que le conocimos, sabemos que el Señor Iglesias era, ante todo, un hombre recio. Un hombre fuerte, un hombre con autoridad. Un hombre que te defendía de los abusones -esto también lo cuenta él mismo en su carta de despedida- y que nunca rehuía el enfrentamiento ante lo que pudiera considerar una injusticia.

El Señor Inglesias reinaba en el cole, porque era el jefe del cole. Como niño había muchos motivos para pensar esto. Vivía dentro del cole, tenía un apartamento que compartía con su mujer y su pastor alemán. Tenía un huerto, un huerto de verdad, no como los bancales para modernos que tenemos ahora -¡ojo!, mejor que nada- pero el huerto que tenía el Señor Inglesias era un huerto de verdad y además tenía un palomar. El Día de la Paz siempre soltaba palomas blancas ante el júbilo de mocosos y mayores.

Hablo de reinar, porque intento mirarlo desde la perspectiva de un niño. Los chicos a los que doy clase este curso y que tienen entorno a 7 años, vinieron contando hace unos meses que el jefe del cole era Lauren. Lauren es el jefe de mantenimiento actual de nuestro cole. Yo les pregunté que por que creían eso y me respondieron algo genial. Me dijeron que Lauren había construido el cole con sus propias manos y no dijeron más, subrayando que el argumento era mucho más que irrefutable. Intenté obtener más información y me dieron otra evidencia del tamaño de una catedral,  me dijeron: “¿Tú has visto su llavero? ¡Cómo no va ser el jefe alguien que ha levantado el edificio con sus propias manos y que además tiene las llaves para abrir todas las puertas!”

Yo no sé si era consciente de que el Señor Inglesias era el verdadero jefe del colegio cuando era pequeño, pero cuando escucho los argumentos de mis alumnos actuales recuerdo la admiración que me producía su llavero superlativo: ese círculo de alambre gigante que siempre le colgaba al jefe de su cinto de cuero marrón.

La última vez que le vi, después de muchísimos años sin noticias, fue apenas hace dos o tres años. Recuerdo perfectamente la escena. Estábamos en una Junta de Evaluación, con el tiempo más que justo y estresados como cualquier final de trimestre. La reunión estaba siendo eficaz, no podíamos bajar el ritmo, último empujón y a por las vacaciones: vacaciones de profesor, esas que tanta envidia suscitan.

Entonces el Señor Inglesias irrumpió con gran fuerza en la clase en la que estábamos reunidos y dijo con un tremendo torrente de voz “¿Sabéis quien soy yo?” Nadie le conocía. Todos mirando extrañados, por la interrupción, si no hubiera sido un hombre mayor las miradas hubieran sido aún más duras. Yo me levanté y dije “¡Hombre Señor Iglesias! ¡Qué alegría saber de usted!”, o algo parecido. A lo que él respondió con un enérgico “¿Queréis que os recite una poesía?” Los demás asistentes estaban entre el ataque de risa y la indignación por no poder seguir cumpliendo con el horario previsto.

Llevo todo el día con un nudo en el estómago pensando que las últimas palabras que le dije fueron muy educadas, pero pretendían claramente echarle de esa reunión. De alguna manera todos esperaban que yo resolviera el problema, ya que era el único que lo conocía. Hice varios intentos, todos ellos muy educados, pero sin ningún éxito. Hasta que susurré a mi compañera Teresa: “Me rindo, haz algo tú, tú que eres psicóloga, dale, dile algo”. Y lo hizo, pero le entraba la risa y el Señor Inglesias seguía recitando algún poema sobre la belleza. Finalmente conseguimos que se fuera, cuando el tiempo de la reunión hacía mucho que había expirado.

Su tiempo sobre la superficie de este planeta ha expirado hoy, aunque  yo siempre le recordaré cuando esté limpiándole la herida a un niño y me consta que aún vive en los recuerdos de infancia de muchos adultos estresados por cumplir los horarios.

Ramiro Gómez Cordero.

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